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Cuando el periodista John Reed escribió sobre la Revolución Rusa de 1917, la tituló «Diez días que estremecieron el mundo». Hoy, tras la primera llamada entre Donald Trump y Vladimir Putin, cada día parece una revolución, un nuevo sismo en el viejo orden mundial. En este torbellino, detalles cruciales corren el riesgo de perderse, especialmente la renovada ambición de Rusia de restaurar su imperio perdido.
¿Un «Acuerdo del Siglo» para Repartir Influencias?
Los sitios web progubernamentales rusos abundan en estos días con supuestas «indiscreciones» sobre los planes de Putin de proponer a Trump un «acuerdo del siglo»: una nueva partición de zonas de influencia, al estilo de Yalta 1945. El objetivo sería alejar a Occidente del espacio postsoviético, legalizando el dominio de Moscú a cambio de concesiones estratégicas. Se especula que Washington, bajo un posible gobierno de Trump, podría resignarse a la hegemonía rusa en la Comunidad de Estados Independientes (CEI) para centrarse en China y Oriente Medio, considerando Ucrania una carga y las sanciones antirrusas un golpe a las corporaciones estadounidenses.
Este resurgimiento del «sueño del Kremlin» de un mundo dividido en esferas de influencia contrasta con la situación de abril de 2024. Un documento del gobierno ruso, presentado por el primer ministro Mikhail Mishustin, expresaba un «temor concreto» de que las sanciones occidentales estuvieran creando una brecha demasiado profunda con los países de la «macrorregión rusa», debilitando la influencia económica de Moscú. Sin embargo, la percepción de un renovado estatus de superpotencia, conferido por Trump, ha impulsado a Rusia a imaginar nuevamente un poder no tan «suave» sobre los países de la antigua Unión Soviética.
Moldavia, el «Canario en la Mina»
Si hay un Estado que asumirá el estatus de «canario en la mina» en los próximos años, ese es Moldavia. El país más pequeño de la antigua Unión Soviética está dividido entre su herencia soviética y una afinidad cultural rumana y europea. Pobre pero fundamental para una eventual hegemonía rusa en el Mar Negro, Moldavia denuncia continuamente la financiación misteriosa que casi saboteó su referéndum para incluir la adhesión a la Unión Europea en su Constitución.
La injerencia rusa más flagrante ocurrió en 1991 con la creación de Transnistria, un Estado no reconocido internacionalmente pero que alberga una gran guarnición militar rusa. En los últimos días, las tropas rusas estacionadas a sesenta kilómetros de Chisinau han realizado ejercicios con drones «ofensivos» y nuevos tanques, intensificando la presión. El portavoz del Kremlin, como es habitual, califica estas preocupaciones de «delirios occidentales», una postura que ya adoptó antes de la invasión de Ucrania.
Aunque estas ideas puedan parecer «pensamiento mágico» lejos de la realidad actual, no es difícil imaginar el estado de ánimo de muchos países cercanos a Rusia. La posibilidad de un «nuevo Yalta» y la creciente presión sobre Moldavia subrayan la urgencia de prestar atención a estos «detalles importantes» en un mundo en constante redefinición.