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La travesía hacia una nueva vida en Europa es, para muchos migrantes, un camino lleno de peligros. Sin embargo, para las mujeres, este viaje oculta una amenaza adicional y devastadora: la obligación de pagar con sexo a los traficantes de personas, sumado a una exposición constante a la violencia y la explotación.

Según un análisis de Unitribuna, basado en el reportaje de Sofia Bettiza, reportera de Salud Global de BBC News, el número de mujeres que emprenden estas rutas migratorias en solitario está en aumento, y con ello, la urgencia de visibilizar las experiencias únicas y a menudo más riesgosas que enfrentan.

La promesa rota: el calvario de Esther

Esther, una joven nigeriana que soñaba con una nueva vida en Reino Unido tras huir de un hogar de acogida violento en Lagos, es un testimonio desgarrador de esta realidad. En 2016, una mujer le prometió un futuro en Europa, pero el viaje se convirtió en una pesadilla de explotación. «Me encerró en una habitación y trajo a un hombre. Él tuvo sexo conmigo a la fuerza. Yo todavía era virgen», relata Esther a la BBC.

Su historia no es un caso aislado. Es un patrón cruel donde las traficantes «viajan a distintos pueblos de Nigeria para elegir chicas jóvenes, llevarlas a Libia y convertirlas en esclavas sexuales», explica.

Un aumento preocupante y riesgos multiplicados

Aunque la mayoría de los migrantes irregulares son hombres (70% según la Agencia Europea de Asilo), el número de mujeres que llegan a Europa para solicitar asilo está creciendo. Irini Contogiannis, del Comité Internacional de Rescate en Italia, confirma: «Estamos observando un aumento de mujeres que viajan solas, tanto por la ruta del Mediterráneo como por la de los Balcanes».

Un informe de 2024 destacó un incremento anual del 250% en el número de mujeres adultas solteras que llegan a Italia por la ruta de los Balcanes. Las rutas migratorias son inherentemente peligrosas, con 3.419 muertes o desapariciones registradas en Europa el año pasado, el más mortífero hasta la fecha, según la OIM. Pero para las mujeres, la amenaza de la violencia y la explotación sexual es una capa adicional de horror.

Ugochi Daniels, de la OIM, subraya que «sus experiencias son distintas y, a menudo, más riesgosas. Incluso las mujeres que viajan en grupo suelen carecer de protección, lo que las expone a abusos por parte de traficantes, tratantes u otros migrantes».

El pago con servicios sexuales: una realidad extendida

Hermine Gbedo, de la red contra la trata de personas Stella Polare, lo afirma sin rodeos: «Todos los migrantes tienen que pagar a un traficante. Pero a las mujeres se les suele exigir que ofrezcan servicios sexuales como parte de pago». Esta cruda realidad lleva a muchas mujeres a tomar precauciones extremas, como llevar preservativos o implantarse dispositivos anticonceptivos, ante la casi certeza de ser violadas en el camino.

Obstáculos en el asilo y políticas cambiantes

Tras escapar de cuatro meses de explotación en Libia y ser rescatada en el Mediterráneo, Esther solicitó asilo tres veces antes de que se le concediera el estatus de refugiada. Esto se debe a que las solicitudes de personas de países considerados «seguros» suelen ser rechazadas. Italia, que antes consideraba a Nigeria insegura, cambió su evaluación, endureciendo las normas en respuesta a la afluencia de migrantes.

Voces como la de Nicola Procaccini, diputado del gobierno italiano, argumentan que «es imposible sostener la migración masiva», mientras que Rakib Ehsan, del centro de estudios Policy Exchange, aboga por una «compasión controlada», priorizando a mujeres en riesgo inmediato en zonas de conflicto.

Violencia de género: el motor oculto de la migración

Sin embargo, muchas mujeres procedentes de países considerados seguros, como Kosovo, testifican que la violencia de género ha hecho sus vidas insoportables en sus lugares de origen. Nina, de 28 años, de Kosovo, cuenta que ella y su hermana fueron víctimas de abusos sexuales por parte de sus novios, quienes las obligaron a prostituirse. Un informe de la OSCE de 2019 reveló que el 54% de las mujeres en Kosovo habían sufrido violencia por parte de una pareja íntima.

El Convenio de Estambul del Consejo de Europa reconoce el derecho a solicitar asilo por persecución por motivos de violencia de género, un derecho respaldado por una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. No obstante, su aplicación es inconsistente.

La revictimización en el proceso de asilo

Marianne Nguena Kana, de la Red Europea contra la Mutilación Genital Femenina, denuncia que muchos funcionarios de asilo carecen de formación para abordar temas delicados como la MGF, lo que lleva a denegaciones basadas en la errónea suposición de que, al haber sufrido ya la práctica, no corren riesgo adicional. «Hemos oído a jueces decir: ‘Ya has sido mutilada, así que no es peligroso que vuelvas a tu país'», lamenta.

En cuanto a la violencia sexual, Carenza Arnold, de Women for Refugee Women, señala la dificultad para probarla, ya que no deja cicatrices físicas evidentes, y los tabúes culturales de las mujeres dificultan aún más su revelación a agentes de inmigración desconocidos. «Las mujeres suelen huir de la violencia sexual de sus parejas en su país de origen, y luego, durante el viaje, vuelven a sufrir lo mismo», concluye Ugochi Daniels, de la OIM, evidenciando un ciclo de revictimización que acompaña a estas mujeres en cada etapa de su desesperada búsqueda de seguridad.

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