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Groenlandia: La Geografía Vuelve a Mandar en el Siglo XXI y Desafía a Europa

Las recientes declaraciones de Donald Trump sobre Groenlandia han provocado una respuesta inmediata en Europa, marcada por la alarma, evocaciones del siglo XIX y la sensación de asistir al certificado de defunción de la OTAN. Sin embargo, este reflejo, aunque comprensible, subraya la inoperancia, fragilidad y dependencia discursiva de la Unión Europea respecto a Estados Unidos. Lo que está en juego no es un mero remedo de viejas prácticas imperiales, sino la constatación de que, en el siglo XXI, la geografía vuelve a señorear, mientras la UE carece de peso específico en Exterior y Defensa, y el tradicional árbitro internacional desprecia cualquier coartada de orden.

Un Interés Histórico y Estratégico para Estados Unidos

El interés de Estados Unidos por Groenlandia no es una excentricidad trumpiana. Desde 1867 se estudió su adquisición, y en 1946 Harry Truman ya ofreció comprarla a Dinamarca. La presencia estadounidense se consolidó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando Washington desplegó fuerzas en 1941 para asegurar el Atlántico Norte. La Guerra Fría transformó esta presencia provisional en permanente, con la entrada de Dinamarca en la OTAN en 1949 y un acuerdo bilateral en 1951 que permitió a EE. UU. desempeñar funciones esenciales de defensa en la isla, preservando formalmente la soberanía danesa. De aquí surgió la base estratégica de Thule, rebautizada en 2023 como Pituffik, un gesto simbólico hacia la identidad inuit.

Las Tres Claves de su Relevancia Actual

Groenlandia es hoy una pieza crítica por tres causas convergentes. Primero, su importancia geográfica: domina accesos clave al Ártico y al Atlántico Norte, vitales ante el deshielo que abre nuevas rutas marítimas y altera equilibrios navales. Segundo, su valor tecnológico y económico: alberga tierras raras, minerales estratégicos y posibilidades energéticas que cobran un valor exponencial en un mundo donde las cadenas mercantiles están cada vez más vinculadas a la seguridad. Tercero, su relevancia militar: la defensa antimisiles, la vigilancia temprana y el control del espacio exterior polar son centrales en una atmósfera de competencia entre grandes potencias.

La Perspectiva Estadounidense y la Inquietud Europea

Desde esta perspectiva, Washington no propone una colonización decimonónica ni una anexión clásica. Señala, de forma provocadora, que considera esta zona ártica parte de su perímetro vital de seguridad y actuará en consecuencia. El verdadero nervio europeo del debate reside en el temor a las derivadas: que la mención del uso de la fuerza deje de ser impensable entre aliados, que la OTAN se convierta en una herramienta contingente y que se erosione la premisa fundacional de intereses estratégicos coincidentes entre Estados Unidos y Europa.

Dimensiones Sistémicas: Moscú, Pekín y la Geografía Implacable

Este movimiento tiene una dimensión sistémica. En Moscú, el mensaje confirma el Ártico como espacio de proyecciones encontradas. En Pekín, robustece la percepción de que las iniciativas territoriales cruciales se toman al margen de los marcos multilaterales. La conclusión es la misma: la geografía manda, y las grandes potencias actúan fuera de las estructuras tradicionales.

El Desafío de Europa en un Mundo No Tan Plano

Europa se encuentra en una posición incómoda. Es un actor relevante, pero no decisivo. Carece de instrumentos militares autónomos para influir en el Ártico, depende estructuralmente de Estados Unidos para su seguridad y enarbola un lenguaje normativo que no altera los cálculos de Washington. Las declaraciones europeas sobre Groenlandia, cautelosas y ancladas en categorías jurídicas heredadas, ilustran la brecha entre principios proclamados y capacidades reales de incidir.

No se trata de una restauración al estilo del siglo XIX ni de una simple anomalía trumpiana. Estamos ante el siglo XXI dando plenamente la cara como escenario de competencia estratégica abierta, donde geografía, tecnología y seguridad ahogan fórmulas jurídicas que han mantenido una apariencia de orden global. Groenlandia es un síntoma de una fase en la que los espacios, accesos y recursos estructuran la política internacional sin grandes relatos justificativos. Para Europa, el reto es comprender las consecuencias de actuar –o no ser capaz de hacerlo– en un mundo que ha dejado de ser plano, y afrontar la emergencia de un proceloso siglo XXI.

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