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La reciente expansión del Consejo de Transición del Sur (STC) en las gobernaciones orientales de Hadramout y al-Mahra está redefiniendo el panorama político de Yemen, agravando la fragmentación del país y amenazando con una mayor inestabilidad económica y política.
Este avance militar subraya que el conflicto yemení, que ya dura más de una década, no puede reducirse a una simple confrontación entre el gobierno reconocido internacionalmente y los hutíes. En cambio, se observa un mapa superpuesto de influencias, con autoridades de facto compitiendo por la seguridad, los recursos y la representación. El STC, respaldado por una potencia regional, emerge como el actor más poderoso en el sur y partes del este de Yemen, en un momento en que la capacidad del gobierno para imponer una administración unificada es lejana y la economía sufre.
La advertencia económica del FMI y el gobierno yemení
En este contexto, el gobierno yemení ha informado sobre la decisión del Fondo Monetario Internacional (FMI) de suspender sus actividades en el país. Aunque el FMI no ha comentado públicamente, el presidente Rashad al-Alimi, jefe del Consejo de Liderazgo Presidencial de Yemen, advirtió que esta decisión es una “llamada de atención” y una señal temprana del costo de la escalada militar y de seguridad del STC en Hadramout y al-Mahra.
Al-Alimi enfatizó que las circunstancias económicas de Yemen –el país más pobre de la región y gravemente afectado por la guerra– no pueden soportar nuevas tensiones. La inestabilidad en el este afectaría inmediatamente la distribución de salarios, combustible y servicios, así como la confianza de los donantes internacionales. La solución, según al-Alimi, pasa por la retirada de las fuerzas que han llegado a Hadramout y al-Mahra desde fuera de estas gobernaciones, un paso necesario para contener las tensiones y restaurar la confianza con la comunidad internacional.
Un nuevo equilibrio de poder y la fragmentación del estado
El STC tiene como objetivo claro la secesión de los territorios del sur y este de Yemen, que formaron el antiguo Yemen del Sur antes de la unificación en 1990. Su actual expansión hacia el este, centrada en las fuerzas gubernamentales y sus afiliadas, es parte de la división en el campo anti-hutí, redefiniendo el equilibrio de poder y convirtiendo Hadramout y al-Mahra, ricas en recursos, en arenas de competencia multipartidista.
Emergen tres tendencias concurrentes: la expansión de las fuerzas del STC con apoyo regional, el deseo de las fuerzas locales y tribales de consolidar su presencia, y las herramientas limitadas del gobierno para confrontar a sus rivales. Esto resulta en una mayor fragmentación del estado en tres niveles interconectados: político (múltiples centros de decisión en el campo anti-hutí), geográfico (nuevas líneas de contacto entre hutíes, STC y fuerzas locales) y representativo (disputas sobre quién habla por el sur y Hadramout, y el declive del concepto de un estado soberano único).
La fragmentación es particularmente sensible en Hadramout y al-Mahra, ya que ambas gobernaciones incluyen importantes cruces fronterizos con Arabia Saudita y Omán, y una larga costa con rutas ligadas al comercio, el contrabando y la migración irregular. Cualquier desequilibrio aquí se extiende rápidamente a la región.
La economía, rehén de la seguridad
La suspensión de actividades del FMI no solo tiene implicaciones financieras, sino también una lectura política: los entornos de seguridad e institucionales ya no ofrecen condiciones suficientes para mantener programas de apoyo. El estado yemení depende en gran medida de sus propios recursos limitados y de un frágil apoyo externo, por lo que cualquier interrupción en las áreas de recursos, puertos o rutas de suministro se traduce en una presión inmediata sobre los medios de vida.
Los últimos acontecimientos militares aumentan la presión sobre el tipo de cambio y la capacidad del gobierno para cumplir sus obligaciones financieras, ampliando la brecha de confianza entre la sociedad y el estado. Esto reduce el margen de maniobra del gobierno, obligándolo a considerar el costo de cualquier escalada militar, ya que incrementa una factura económica que no puede pagar. La percepción de que Yemen se ha convertido en “islas de influencia” podría llevar a actores externos a tratar directamente con autoridades locales de facto, debilitando aún más el centro político.
Por ello, los últimos acontecimientos son existenciales para el gobierno y al-Alimi. Su llamado a la retirada de fuerzas externas de Hadramout y al-Mahra es un intento de detener el deterioro de la confianza y presentar al gobierno como capaz de controlar a las otras partes del campo anti-hutí, si se proporcionan condiciones políticas y económicas razonables.
Los hutíes ganan con la división de sus rivales
Los hutíes, que derrocaron al gobierno en Saná en 2014, se han beneficiado de los acontecimientos en Hadramout y al-Mahra sin estar directamente involucrados. Cada lucha por la influencia en áreas fuera de su control les otorga claras ventajas, incluida la desintegración del frente que se les opone y la distracción de sus rivales con conflictos internos en lugar de centrarse en los hutíes.
En el campo anti-hutí, la noción de un frente unido retrocede cada vez que hay una confrontación militar entre sus componentes. Las divisiones y su dimensión regional también permiten a los hutíes reforzar su narrativa de que sus rivales trabajan con agendas extranjeras contrapuestas, mientras ellos se presentan como actores independientes. En última instancia, el conflicto reciente mejora la posición negociadora de los hutíes, que entrarán en cualquier futuro acuerdo desde una posición organizativa y administrativa más cohesionada, elevando el listón de sus condiciones.

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